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| Espiga de flores de Echium candicans |
La paciencia es una virtud que viene bien al jardinero, pero he de reconocer que en los últimos años encuentro más satisfactorio el cultivo de especies o bien anuales o bien perennes capaces de florecer tan rápido como éstas -indiferentemente si hablamos de semillas para sembrar o bulbos, rizomas o esquejes para plantar directamente. Preparar el sitio, el orden y la planificación puede ser algo complejo, pero los resultados se dejan ver tan pronto que a partir de épocas como la actual, en plena transición a la primavera, uno ya ha olvidado los montones de semilleros, los movimientos de macetas de sombra a sol, la protección de las plántulas y todos los quehaceres que permiten que cada año, entre febrero y junio, las plantas luzcan con las mejores de sus galas. Y con ello, se consigue también la experiencia para hacerlo cada vez mejor. Sin embargo, la especie que protagoniza esta entrada es todo lo contrario a esto, ya que su historia se ha prolongado tres años hasta llegar al colofón final, esto es, la producción de flores, con lo cual prácticamente ha estado en segundo plano recibiendo los cuidados necesarios y poniendo en duda si había acertado con ella.
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| Espigas de flores |
Echium candicans (sinónimo de
Echium fastuosum), conocida comúnmente como orgullo de Madeira, es una de esas especies de
Echium propias de la Macaronesia que destacan por su desarrollo enorme, a diferencia de las hierbas de roseta basal que tenemos en la costa mediterránea. Con espacio de sobra puede convertirse en una planta que ocupa casi dos metros de alto y otros tantos de ancho, pero en una maceta de 30 cm. de profundidad, como en mi caso, la planta es prácticamente una miniatura de ello; no obstante, sigue siendo una planta grande y muy llamativa. Llegó a la terraza en forma de semillas y en principio barajé varias opciones para ello, ya que había visto en otros blogs cómo mucha gente cultivaba estos grandes
Echium en maceta. Podría haberme decantado por el espectacular
Echium wildpretii, que crece en una única y alta columna de flores rojas, o el similar
Echium pininana, todavía más alto y con flores moradas. Me quedé con el
candicans por su crecimiento ramificado que produce múltiples espigas de flores azuladas a modo de candelabros. La idea, sin embargo, tardó unos años en confirmarse como una buena elección.
Sembré las semillas en junio de 2014, ya que en principio al ser una perenne que necesita ganar tamaño no importaba ajustarse al calendario que suelo utilizar para casi todo, esto es, la siembra otoñal. No fue mal y las plantas germinaron, crecieron y para el otoño próximo ya las estaba colocando en su maceta definitiva, donde al parecer sólo quedó una planta. Teniendo en cuenta que es una planta tolerante a la sequedad y no contaba con más sustrato universal en ese momento, simplemente utilicé tierra arcillosa de la que solía emplear cuando sembraba las anuales de la familia
Martyniaceae. Lo cierto es que la planta no va mal en este sustrato, pero tiene el inconveniente de que cuando se seca demasiado (en épocas de calor o viento de poniente), la planta queda con las hojas colgando. Sin embargo esto nunca ha significado un problema ya que basta con regar para que la recuperación sea inmediata; sorprendentemente, no acusa el exceso de riego y pasa perfectamente los días de lluvias prolongadas con el plato lleno de agua. Otro problema es que la maceta pesa demasiado, pero es tarde para cambiarlo. De hecho, viendo que pasaban los años y la planta no florecía, estuve cerca de intentar sacar el cepellón de tierra, quitar todo lo posible sin dañar las raíces y rellenar con un sustrato más ligero, todo ello a riesgo de que la planta no tolerase el trasplante. Finalmente, la aparición de montones de botones florales al empezar el invierno hizo que desistiese.
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| Vista general de la planta en flor |
Con la planta ya bien desarrollada -prácticamente sin cambios desde finales de 2015- en cada uno de los extremos de los tallos empezaron a adivinarse las futuras espigas. Aguantaron sin problemas
el granizo caído a mediados de enero y al fin, a principios de marzo, empezaron a abrirse rápidamente. El tono azulado de las flores tarda un poco en aparecer, ya que al principio son de color violeta como ocurre con nuestros
Echium herbáceos. Como era de esperar, todas las abejas presentes en esta época se han acercado a tomar alimento de ellas. En estos momentos faltan ya bastantes flores, pero no consigo discernir si las estructuras que aparecen entre ellas son las cápsulas de semillas en formación o nuevos botones florales que irán llenando los huecos que quedan. Desconozco también si la planta durará mucho tiempo, ya que suelo encontrar la información de que es una perenne de vida corta. Supongo que siendo la primera vez que florece será capaz de repetir al menos a la temporada que viene.
La floración del orgullo de Maderia es pues un premio digno a la espera y constancia puesta en ella durante estos tres años, y un añadido excepcional al conjunto de flores espectaculares y llamativas para los insectos que pueblan la terraza. Podría haber tenido compañía, ya que durante 2016 tuve también unos
Echium vulgare que, desgraciadamente, se pudrieron con las primeras lluvias de otoño y, visto lo visto, si no lo hubieran hecho entonces los hubiera perdido después con los continuos temporales. Sin embargo, no desisto en mi empeño de traer más especies de este género, aunque sea a base de recolectar semillas de los abundantes
Echium creticum ssp. coyncianum que pueblan esta región.