La primavera de 2016 comenzaba bastante pronto esta vez, concretamente a las 5:30 de la madrugada del pasado domingo día 20, quedando entre dos efemérides que como en muchas localidades valencianas se celebraban en Cullera: la Cremà, el final de fiesta de las Fallas, y el Domingo de Ramos. El tiempo sigue de momento suave, con máximas que hasta ahora no llegaban a los 20ºC pero que tras los últimos episodios de paso de nubes y precipitaciones puntuales han comenzado a aumentar, y se prevé que las temperaturas vayan a más conforme avance la semana, así como el templado y seco viento de poniente. Las lluvias, por su parte, no han sido especialmente cuantiosas pero han duplicado el acumulado que teníamos en la primera quincena, con precipitaciones esporádicas entre los días 18 y 22; el domingo 20 por la madrugada cayó la mayor cantidad, poco más de 4 mm., siendo hasta ahora el último día en que ha llovido y dejando por el momento a este mes de marzo con 21,3 mm., cantidad que todavía no permite hablar de manera optimista: en marzo de 2015 llovió casi el triple durante una semana seguida que abarcó estos mismos días. En lo que llevamos de 2016 tan sólo se han registrado 29,6 mm. Poco, demasiado poco.
Phacelia viscida
Aún así, estos días, entre riegos y lluvias que se producían horas después de haber regado, las plantas no han pasado sed. El martes la tierra estaba tan húmeda en todas las macetas, y las temperaturas tan bajas (menos de 15ºC) que opté por irme sin regar. Grabé tomas de un nuevo vídeo que pondré en la próxima entrada, aprovechando que con el espacio entre lluvias los insectos habían vuelto a recolectar alimento de las flores apresuradamente. Entre las plantas, pocos cambios respecto a hace una semana aunque, dadas las fechas en las que estamos, las especies más crecidas, en especial las anuales, van añadiendo a la lista de plantas en flor a más y más especies. Muchas son viejas conocidas, como las Schizanthus x wisetonensis, que han florecido del mismo color que el ejemplar del que obtuve las semillas y que han resultado un alivio, pues parecía que a las dos plantas se les secaban los ápices de los tallos en donde iban a desarrollarse flores. Ahora comienzan a cargarse de ellas, así que los aparentes problemas no han sido tales.
Clarkia unguiculata
Otra especie que cultivo por segundo año consecutivo es la Clarkia unguiculata, que es la primera de este género que florece: el año pasado fue, precisamente, la última. En la temporada anterior la sembré en febrero y floreció apresuradamente a finales de abril, muriendo poco después. En otoño conseguí volver a separar semillas de una mezcla de flores -las de la planta que cultivé fueron devoradas en su totalidad por gorgojos tras guardar las cápsulas secas- y la planta creció grande y sana, llegando a ser durante un tiempo la planta más alta del contenedor hasta que especies más estilizadas consiguieron sobrepasarla. Las flores, en cambio, han resultado ser totalmente distintas a las de la planta anterior, que eran rosadas y con un aspecto más fiel al silvestre: las de este año son de un vistoso color rojo, pero quizá demasiado llamativas y con pétalos algo más grandes y arrugados. Es una incógnita saber si sus futuras semillas darán plantas como ésta o puede aparecer alguna con el aspecto más silvestre de las del año pasado. En efecto, no contaba con que esta planta pudiera ser variable como sus parientes Clarkia amoena, también sembradas en el contenedor.
Gymnosoma sp.
Entre las plantas nuevas para este año encontramos a la ya mencionada con anterioridad Phacelia viscida, la estupenda especie norteamericana con flores azules que a partir de estos días ya comienzan a abrirse de dos en dos. Movido por la curiosidad, y recordando el agradable aroma de su pariente la Phacelia tanacetifolia y de manera similar, aunque más débil, en la Phacelia grandiflora, se me ocurrió olerla y lo que me encontré fue algo inesperado. Aquí no hay un perfume agradable parecido al de los narcisos como en sus parientes, sino un olor que recuerda a orín de gato, algo que estaba acostumbrado a encontrar en las martiniáceas que he cultivado desde hace ocho años (Ibicella, Proboscidea y Martynia) pero que no esperaba en esta planta, si bien es más tenue que en aquéllas. Las flores atraen abejas de vez en cuando, aunque parece ser que en sus idas y venidas las pasan por alto, prefiriendo detenerse en el montón de florecillas de la Linaria 'Grenada Sol' o en la gran mata de Mauranthemum que hay un estante más arriba, en una maceta -la que aparece en la foto de esta entrada- donde planté diversas especies y en poco tiempo las espontáneas margaritas, que venían en la tierra, se hicieron con el control.
Salvia viridis 'Blue Monday'
Otra especie totalmente nueva para este año es la amapola Stylomecon heterophylla. Se trata de una amapola de origen norteamericano, natural de California y el noroeste mexicano. Los estadounidenses la conocen como "Wind Poppy", amapola de viento, y no sé de dónde vendrá el nombre pero por lo que veo diría que alude a su resistencia a este elemento. Normalmente las amapolas Papaver, a las que se parece mucho, duran apenas dos o tres días antes de que los pétalos acaben llevados por el viento. La primera flor de Stylomecon, que se ve en la foto ya sin pétalos, pues han caído totalmente esta mañana, ha durado una semana entera. Tienen un tono naranja muy vivo, con unos pétalos de aspecto menos brillante que los de Eschscholzia californica o las Papaver nudicaule del mismo color: en Stylomecon el naranja es más llamativo si cabe. El aspecto de la planta es similar a las amapolas Papaver típicas, con una roseta basal, aunque con la floración crece un tallo cuyas hojas tienen lóbulos más estrechos que las de la base, y sobre éste aparecen los pedúnculos florales que, a diferencia de los de las Papaver, independientes y con una sola flor, pueden ser varios en cada tallo.
Clarkia unguiculata, detalle de la flor
Una de las novedades más exitosas entre las anuales cultivadas este año ha sido la Salvia viridis 'Blue Monday'. Todos los ejemplares plantados en el contenedor han sobrevivido -incluso en la época en la que se sufrió el ataque continuado de los caracoles, que apenas las mordieron- y al parecer no ha quedado ninguno sin florecer. La planta durante su floración es perfecta para combinar entre otras especies altas: forma unas espigas alargadas de floración laxa, con verticilastros de flores pequeñas relativamente separados entre sí. En el ápice le crece, como ocurre en otras lamiáceas, un conjunto de brácteas coloreadas -en el caso de este cultivar, de color morado- que simulan ser una flor a la vista de atraer posibles polinizadores. En este caso no parece ser necesario tal artimaña, pues las abejas enseguida descubrieron las pequeñas florecillas, en especial las Anthophora plumipes, que llevan todo el mes visitándola con la misma frecuencia que a las linarias.
Mauranthemum paludosum
La terraza sigue siendo despensa y descansadero de multitud de insectos, especialmente abejas, algunas moscas y las primeras avispas Polistes que comienzan a dejarse ver. Las Anthophora plumipes siguen incansables, aunque ahora la proporción entre ejemplares de distintos sexos parece haberse equilibrado tras un inicio de la floración en el que predominaban las hembras. También se presenta con una asiduidad nunca vista la Rhodanthidium sticticum, de la que llama la atención la desproporción de tamaño entre sexos, siendo en este caso los machos bastante más grandes que las hembras. Entre las moscas ha aparecido una especie que no había visto hasta ahora: se trata de Gymnosoma, un género -llegar a la especie no es tarea fácil- de la familia Tachinidae, a la que también pertenece Trigonospila transvittata, una especie observada muy puntualmente en la terraza. Se trata de una mosca de bella coloración negra y anaranjada que, como otros miembros de esta familia, se reproduce parasitando a otros insectos.
Schizanthus x wisetonensis
Comienza pues una nueva primavera en la terraza que, visto lo visto, parece que sólo sea una fecha en el calendario y no un punto de partida verdadero, puesto que aquí las cosas llevan ya un tiempo de lo más animadas. Quedan, eso sí, montones de especies que todavía reservarán sus mejores galas para las próximas semanas e incluso meses: la experiencia de otros años dicta que, por mucho que el tiempo -el meteorológico- parezca ir algo desacompasado, hasta el mismísimo final de la estación en la segunda quincena del mes de junio hay tiempo para ir descubriendo flores nuevas casi en cada visita. No queda más que sentarse a ver cómo se desarrolla todo, pues con los elementos presentes y pasados cercanos -preocupante falta de precipitaciones, invierno sin frío y un verano anterior demasiado cálido- las cosas desde luego no van a ser tal cual uno las espera.
Con una terraza en flor que desde finales de febrero parecía que fuese un mes por delante respecto a temporadas anteriores, la entomofauna llega a la ciudad de Cullera desde, posiblemente, los muy cercanos campos baldíos que bordean el casco urbano por oeste y sur -y parte del este, antes de llegar al mar- y el monte bajo de la Serra de les Raboses que hace de límite norte. Por supuesto, también hay especies que aprovechan los asentamientos humanos para establecer su hogar o el de su descendecia. A pesar de existir una variedad amplia de insectos en la zona, hay especies más proclives a introducirse en la ciudad y encontrar lo que quieren. Por ejemplo, las mariposas no escasean en el campo y monte, pero cuestan bastante de ver dentro del casco urbano con la salvedad de las Macroglossum, las Pieriso las Leptothes. Las demás, no sé muy bien por qué, no suelen hacer mención de detenerse a buscar comida en la terraza aún cuando las observo a escondidas para intentar no asustarlas. Este mes, por ejemplo, he observado Vanessa atalanta y Papilio machaon pasar fugazmente por la terraza apenas unos segundos; no obstante, la segunda especie llegó a poner huevos en los eneldos el año pasado.
Andrena sp.
Los himenópteros son sin duda los más dados a visitar reiteradamente la terraza. Les siguen de cerca los dípteros, las moscas y mosquitos: los segundos llegan a poner huevos en las cubetas de agua que pasan días llenas en otoño, mientras que de las primeras se observa una gran variedad que abarca varias familias, muchas de ellas estando sólo de paso -hay especies que nunca he vuelto a ver tras la primera vez- pero otras sabiendo bien a lo que vienen: los sírfidos a por flores, y otras tantas especies a por el compost de materia vegetal en descomposición. Incluso las moscas cuyas larvas son necrófagas, como Calliphora vicina (uno de los insectos más comunes de la terraza, si no el que más) vienen a disfrutar del sabor de las flores. Entre los himenópteros, y quitando las hormigas que se presentan intermitentemente -el año pasado eligieron un mal sitio para instalarse: el contenedor- es común encontrarse varias especies abejas, avispas e icneumónidos: las primeras son las que más motivos tienen, pues se alimentan exclusivamente de néctar y polen ellas y sus larvas; las demás son todavía más variadas y apenas he conseguido identificar unas pocas especies, y con la mayoría ni siquiera lo intento debido a que son tan pequeñas que costaría hacer una foto decente. Las avispas más grandes suelen ser omnívoras, aunque muchas de las especies que también visitan la terraza son cazadoras de orugas que utilizan para dar de comer a su prole, lo que las convierte indirectamente en beneficiosas.
Osmia sp.
Hoy volveremos a hablar de abejas, como en la entrada escrita a finales de febrero sobre las primeras que comenzaron a visitar las flores y, nuevamente, dejando fuera a la abeja común no por omisión, sino porque poco más se puede decir de ella. Es la especie más abundante, la más incansable y la más polifacética al ser capaz de investigar todas las flores posibles nada más éstas empiezan a diversificarse. Tremendamente adaptada, pocas flores hay a las que no pueda acceder y sacar provecho, utilizando su lengua y acumulando el polen en las corbículas, el órgano especial de las tibias de sus patas traseras. Tienen por supuesto sus plantas favoritas, pero tan pronto como descubren otras candidatas a su alrededor les empiezan a dedicar tiempo. Así pues, vale la pena ubicar plantas muy llamativas para ellas, como las boragináceas, girasoles y caléndulas o muscaris, entre otras, para conseguir una atracción mutua que permita que las abejas encuentren comida variada y las flores se beneficien de su valiosa ayuda en la polinización.
Anthophora plumipes ♂
Comenzamos hablando de nuevo de la que se ha convertido en la abeja protagonista de esta temporada: Anthophora plumipes. Después de los frustrantes intentos de fotografiarla durante 2015, la temporada actual está resultando más satisfactoria con esta especie, ahora más accesible y dejándose conocer mejor. Desde finales de febrero volvieron a aparecer por la terraza, pero esta vez, por lo poco que puedo recordar para comparar con la temporada anterior, parece ser que las primeras en venir fueron las hembras. Éstas, seguramente pensando en su maternidad, son mucho más minuciosas que los machos a la hora de recoger comida. Se detienen en las flores, indagan -aunque nunca dedicarán más que unos segundos- e incluso conocen trucos como el producir una frecuencia determinada en las flores de boragináceas para obtener polen: de hecho, sólo con escuchar este zumbido que cambia de grave a agudo me doy cuenta de que hay una de ellas libando. A pesar de que no pude captar este curioso comportamiento, sí obtuve unas tomas en las que se observa a una hembra de esta especie visitando meticulosamente a las Cerinthe major:
Los machos, por su parte, son bólidos casi imposibles de captar. Lo más gracioso de todo es que en la mayoría de las escasas ocasiones en que se detienen un segundo más de la cuenta, lo hacen cuando no tengo la cámara conmigo. Grabarlos en vídeo resultaría complicado por sus vaivenes, pero de vez en cuando se dejan captar en alguna foto. Tan sólo pierden unas décimas de segundo cuando, en las linarias, tienen que posarse para abrir los lóbulos y llegar al centro de la flor. Siendo una especie variable, en nuestra región parece ser que el patrón más común es el de color marrón oscuro con bandas más claras en el abdomen, pelos castaños en el tórax y anaranjados en las corbículas para las hembras, con los machos de color grisáceo y la distintiva marca clara en su cara, que en la hembra es totalmente negra. Estas abejas tienen una buena razón para su nervioso vuelo, y es que producen su propio calor a base de precalentar con los músculos de las alas. Debido a esto y a su tamaño voluminoso, necesitan tal cantidad de energía que apenas tienen tiempo para detenerse. Los machos dan pasadas veloces acudiendo siempre a los puntos donde saben que hay flores nutritivas y, de vez en cuando, persiguen a las hembras que se cruzan en su camino.
Halictus scabiosae
Dejando a un lado las abejas apinas, pero sin salir de Apoidea, encontramos en la terraza a un visitante recurrente: Halictus scabiosae. Esta especie tiene un tamaño variable, ligeramente inferior a una abeja común, y recoge polen con las escopas, vellosidades adaptadas. que tiene en sus patas. Desde el año pasado las veo visitar frecuentemente a las compuestas de grandes capìtulos, sean caléndulas, crisantemos tricolores o cosmos. Bastante más tranquilas, se posan en las flores y van moviéndose sobre ellas para recoger polen a la vez que liban néctar. Su distintiva coloración, con el tórax amarillento con bandas oscuras, hace fácil diferenciarlas de un vistazo de otras abejas. Por otro lado, recientemente he detectado la presencia de una Andrena, género muy numeroso y con especies muy similares y variables, con lo que la identificación completa queda en el limbo. Se trata de un ejemplar que de un vistazo rápido podría pasar por abeja común, pero la ausencia de corbículas es lo primero que llama la atención: en una observación más detallada descubrimos un abdomen menos voluminoso que el de las abejas de la miel, con un par de bandas rojizas, y una cabeza de aspecto visiblemente distinto al de aquéllas. Es, sin embargo, una de las abejas más tranquilas que me he encontrado y hacerle fotos sin que se sintiese molestada fue tremendamente sencillo.
Rhodanthidium sticticum
La familia Megachilidae, la de las abejas cortadoras de hojas, tiene también una representación importante en la terraza, siendo hasta el momento una de las que más especies distintas he observado, más las que puedan habérseme pasado por falta de material gráfico. En febrero ya comenzaron a llegar las Osmia, hembras todas ellas y que he visto de momento en pocas ocasiones, y durante esta primera quincena de marzo han sido particularmente frecuentes unos ejemplares del mismo género aunque machos en esta ocasión. Al igual que en la anteriormente mencionada Andrena, su variabilidad y diversidad hacen difícil llegar hasta el nivel de especie. Menudas y nerviosas, estas abejillas de color marrón y largas antenas muestran también preferencia por los capítulos en forma de margarita de las compuestas, dando una vuelta sobre todo el conjunto de flósculos y saliendo volando inmediatamente, realizado vuelos erráticos por todas las plantas y volviéndose a detener cuando encuentran algo de su agrado.
Anthophora plumipes ♂
También ya en esta primera quincena se ha dejado ver un megaquílido conocido, más grande que el anterior y más llamativo: la abeja roja Rhodanthidium sticticum. Especie que conocía ya de los prados costeros de Cullera, donde suele frecuentar las matas de Echium sabulicolum, resultó curioso el observarla mientras recogía polen con cautela: primero lo hizo en varias pasadas sobre las Dorotheanthus bellidiformis, con escasos segundos sobre cada flor, pero fue descubrir la Phacelia viscida y su atención sobre la flor aumentó el tiempo de permanencia, lo que me permitió hacer fotos más afinadas. En esta familia las escopas se encuentran debajo del abdomen, lo que hace más ineficientes a los insectos para la recogida de polen, pero el continuo desprendimiento de éste hace que la polinización sea más efectiva cada vez que se posan en una flor. Es el año que más pronto veo a esta abeja, que solía aparecer en abril; falta por ver a su pariente similar de mayor tamaño y color amarillo, Anthidium florentinum, cuya última cita en la terraza fue el pasado verano junto a una muy florida Pentas lanceolata, que paradójicamente ahora tiene pocas flores y casi ninguna visita.
A falta de venir la primavera y traer consigo más especies, el efecto llamada de las flores agrupadas en masa está dando grandes resultados con las abejas. El equilibrio entre plantas y sus polinizadores es, además de beneficioso para ambos, un espectáculo siempre maravilloso. Con las flores que quedan por abrirse y el previsible aumento de temperaturas que pueda haber durante las próximas semanas, el ir y venir de estos estupendos insectos será algo a tener en cuenta para seguir conociendo la fauna autóctona y anotar cuáles son las flores que más les gustan para futuras temporadas.
Ha transcurrido medio mes de este marzo encargado de cerrar uno de los inviernos más irregulares de los últimos años y la situación se revierte cuando quedan los días contados para la llegada de la primavera. Las temperaturas están ahora manteniéndose frescas, más incluso que durante febrero -mínimas inferiores a 10ºC han habido las mismas en esta quincena que en todo el mes pasado- y las máximas sólo se han disparado en dos ocasiones por encima de los 20ºC, a diferencia de los dias centrales de febrero que tuvimos, más propios del mes de abril. Siempre es beneficioso que durante la época en la que la floración comienza su periodo de máximo apogeo las temperaturas sean soportables. ¿Y la lluvia? También esta quincena está resultando ser la más lluviosa de lo que va de año, aunque lo triste es que se pueda decir esto con apenas 10 mm. acumulados durante tres días (7, 9 y ayer, 14). Es, sin embargo, lo mismo que había llovido desde diciembre hasta febrero. Así de peliaguda es la situación.
Linaria 'Grenada Sol'
Hemos visto durante estas semanas la floración de muchos bulbos, la de las Linaria maroccana, la de plantas sudafricanas que no siempre siguen el mismo ritmo que el resto de especies y, en general, un buen número de especies que quedaron recogidas en un vídeo realizado con varias tomas grabadas entre el 3 y el 5 de marzo y que cualquiera diría que corresponde a mediados de abril. Con el pistoletazo de salida dado hace más de un mes, la cantidad de especies que se suman a la carera de la floración cada semana es notable. Y aunque pueda parecer mucho, todavía queda una cantidad apreciable, especialmente de anuales, que o bien están mostrando los primeros indicios de su futura floración o, por el contrario, ni siquiera dan pistas de ella todavía. En general, usar como guía el calendario del año pasado no parece estar sirviendo de mucho, pues hay plantas más adelantadas y otras que apuntan a que se retrasarán un poco más de la cuenta; por supuesto, también las hay que están floreciendo en los mismos días en que lo hacen año tras año.
Phacelia viscida
A finales de febrero comenzaron a florecer con normalidad las Cosmos bipinnatus. Y digo "con normalidad" porque no hay año en que éstas y sus parientes Cosmos sulphureus no comiencen con flores ridículamente pequeñas o deformes, como si la planta no pudiera ir bien desde el principio. En muchas ocasiones las plantas ni siquiera mejoran, acaban muriendo con un aspecto raquítico. El ejemplar de flores blancas de la foto apenas ha florecido durante un par de semanas y no parece que esté formando nuevos capítulos. Junto a él parece que se estrenará durante la segunda quincena del mes un ejemplar de flores rosadas. Quizá debería mirar por sembrarlas a partir de ahora en macetas muy grandes, aunque sea acompañando a otras plantas, donde quizá se desarrollen mejor. Un buen grupo de cosmos con sus grandes flores sobre frágiles tallos es un espectáculo estupendo, pero que prácticamente no ha sido visto en la terraza desde otoño de 2012.
Cosmos bipinnatus blanca
También los últimos días de febrero se sumó a las linarias una nueva especie, la de menor tamaño de todas ellas: se trata de Linaria nevadensis (o aeruginea ssp. nevadensis) en su cultivar 'Grenada Sol'. Es una especie endémica de la andaluza Sierra Nevada, aunque el cultivar seleccionado pierde un poco sus características al repetirse el patrón de plantas relacionadas como Linaria maroccana o Anthirrinum majus: las flores son de colores llamativos y variados. En mi caso, el único ejemplar conseguido tiene flores moradas, que al principio eran más claras, lila, aunque lo achaco a una posible clorosis que sufrió durante su desarrollo, que fue muy rápido entre enero y marzo, y que conseguí corregir un poco con quelato de hierro. Las semillas de esta planta venían en una mezcla de unas pocas especies y sembré unas cuantas presuntas linarias al azar, estando entre las opciones esta especie o bien su pariente Linaria maroccana 'Confetti'. Las flores son tan grandes como las de su mencionada congénere y gustan por igual a las abejas, aunque los pétalos a los pocos días de abrir las flores aparecen llenos de marcas. La planta es muy pequeña -unos 10 cm. de alto- y al parecer, perenne. El tiempo lo dirá.
Cerinthe major
Las atractivas boragináceas -e hidrofiláceas- son algunas de las más frecuentes protagonistas estos días. Al éxito que están suponiendo las Cerinthe major, visitadas por las abejas a diario y que espero se traduzca en una buena producción de semillas, se suman varias especies nuevas. La primera en florecer de todas ellas ha sido toda una sorpresa, puesto que ha dado el estirón en apenas un mes y no contaba con que quedase ninguna. Se trata de Phacelia viscida, tercera especie del género que cultivo y con un aspecto cuanto menos espectacular. Las plantas germinaban con facilidad en otoño, pero a las pocas semanas de trasplantadas (en el contenedor de las anuales y en una maceta) los caracoles las descubrieron y debieron encontrarlas deliciosas, porque no dejaron ni una. O al menos, eso creía: meses después, una planta de aspecto similar a Phacelia grandiflora asomaba en una de las macetas donde planté mezcladas anuales que no entraron en el contenedor. Sus flores azules confirmaron la identidad. Aproximándonos, descubrimos que éstas tienen un aspecto muy parecido a la mencionada grandiflora, del tamaño de las de Nemophila menziesii y con el intenso color azul de una borraja. Gustan a las abejas, aunque al haber crecido en un punto aún sin flores parece faltarle algo de "efecto llamada".
Tropinota en una Layia
Los insectos, por cierto, aprovechan esos momentos en que no haya nubes ni amenaza de lluvia para venir a llevarse un poco de comida. Parece no importarles mucho el aroma que a nosotros nos llama la atención, pues las perfumadas flores de Nicotiana alata, que este año florece un mes antes y las flores no se cierran durante el día, casi nunca reciben visitas. No obstante, hemos llegado al punto en el que un día soleado hace que casi todas las flores de gran tamaño con posibles cargas de néctar y polen bien a la vista sean revisadas por diversas especies de insectos. Actualmente el número de especies de abeja es el más nutrido -habrá una futura entrada acerca de ello-, con las moscas, en especial los sírfidos, aún en cifras bajas tanto en cantidad como en variedad. Lo mismo las avispas, habiéndose presentado hasta ahora las papeleras Polistes y las alfareras Eumenes. Las mariposas, escasas como siempre, aunque hoy una fugaz macaón se ha dejado ver por la terraza sin apenas detenerse. En cuanto a escarabajos, el habitual Tropinota squalida descubrió las recién florecidas Layia platyglossa y se pasó más de la cuenta investigando, arrancando algunos flósculos de un capítulo, pero nada más. No es lo mismo que está ocurriendo por desgracia con los narcisos, que siguen siendo atacados por un enemigo no identificado que agujerea o mutila sus flores y que, por suerte, no está afectando a otras bulbosas.
En plena semana de Fallas, y con una segunda quincena que parece que comenzará con la misma inestabilidad atmosférica que estamos viviendo ahora, habrá que esperar que el tiempo colabore un poco y deje caer unas pocas lluvias para afrontar la primavera que, aunque parezca que lleve mes y medio en marcha, todavía comienza dentro de cuatro días.