sábado, 9 de mayo de 2015

Guisantes de olor, una apuesta segura

Lathyrus odoratus color burdeos
Desde que empecé a sembrar una variedad de plantas anuales cada vez más amplia siempre ha habido especies que no han faltado ninguna temporada, siendo el motivo su sencillez a la hora de germinar y crecer, la fiabilidad y efectividad de su crecimiento y, por supuesto, el llamativo aspecto de su floración. Entre las anuales encontramos plantas de todo tipo, siendo los guisantes de olor (Lathyrus odoratus) unas trepadoras un poco particulares, al no compartir un modo de crecer con otras trepadoras o enredaderas, incluso con las de su misma familia.

En rojo
La primera vez que sembré guisantes de olor fue en primavera de 2012. Aquella temporada pensé que el aspecto de las plantas, no muy grandes y con un crecimiento irregular, se debía a que las había sembrado en una época poco adecuada. Cuando uno busca información en Internet siempre se hace hincapié en que las semillas deben sembrarse en otoño, que la planta necesita pasar un periodo frío para su correcto desarrollo. A partir de entonces ya lo hice así y, sinceramente, no encuentro diferencia entre aquella primera temporada y las siguientes, a pesar de que nunca más he repetido las siembras en primavera. Lo haga cuando lo haga, las plantas pasan gran parte de su vida vegetativa sin crecer; de repente, se desarrollan entrada la primavera y comienzan a florecer a finales de abril, mayo o hasta junio, Sólo en una ocasión, en 2013, una planta sembrada el otoño anterior se puso a florecer a principios de marzo.

Blanco con un ligero toque rosado
Al principio comentaba que el porte de la planta no se asemeja al de otras trepadoras. En realidad, parece más bien una especie adaptada a asomar entre el ramaje de un arbusto, más que a enredar sus tallos sobre otras plantas más altas, árboles o, en caso de plantas cultivadas, estructuras. En Cullera he llegado a encontrar hasta tres especies de Lathyrus silvestres -annuus, clymenum y setifolium- y su forma de crecer siempre es la misma: empiezan creciendo rectos y ganan altura sujetándose con sus zarcillos a arbustos cercanos. Los tallos, alados, crecen rectos con ramificaciones y hojas escasas. Exactamente lo mismo hace el Lathyrus odoratus, a los cuales suelo acercar siempre a una reja o malla, pues está comprobado que no son capaces de enredarse en una caña como lo haría una Ipomoea o una Clematis.

Detalle de una inflorescencia
El año pasado habilité un lugar específico para los Lathyrus, fijando a la columna que forma el tiro de la chimenea de la cocina de la casa la malla metálica del somier de una cama vieja. Sin muchos esfuerzos, los guisantes encuentran el camino y enseguida comienzan a aferrar sus zarcillos a la malla. Este año sólo uno de ellos ha crecido allí, mientras que otros tres -blanco. burdeos y rojo- lo han hecho en la malla antipájaros que puse de manera improvisada en la pérgola de cañas para las trepadoras, malla que visto lo visto acabaré quitando pronto pues no termina de cumplir la función que esperaba. La puse un poco al tuntún después de ver que se acercaba la época de sembrar trepadoras y no había encontrado una malla de agujero más grande. Ahora mismo, las plantas que hay creciendo debajo en lugar de atravesar los agujeros crecen como atrapadas por la malla, demasiado fina. Los guisantes la aprovecharon para agarrarse, pero las flores quedaban algo atrapadas.

La próxima temporada habría que mirar de darle a esta especie el protagonismo que merece. Siempre siembro muy pocos -casi nunca más de cinco- que reparto de manera irregular: con la cantidad de semillas que acumulo ya, lo ideal debería ser sembrar no menos de 20 plantas al próximo otoño y acercarlas todas a la misma malla, lugar de demostrada efectividad, para disfrutar como es debido de esta sencilla y bonita especie.

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